La piedra de toque
La piedra de toque El rubor fue pintándole la cara poco a poco —incluso su manera de sonrojarse era prudente—, hasta que los párpados inferiores se colorearon: los labios le temblaban, pero las palabras cedieron su sitio a una sonrisa, y aguardó. Glennard volvió a pasearse por la habitación con los pasos frustrados del hombre al que la exasperación nerviosa se le escapa por cada uno de sus músculos.
—¡Y pensar que en quince años tendré un gran bufete!
—¡En menos! —le brillaban los ojos.
—¡Maldita ironÃa! ¿Para qué preocuparse por el hombre que seré entonces? ¡Sacrificar tu vida por un desconocido! —De repente tomó sus manos—. Irás a Cannes, supongo… a Montecarlo… Le escuché decir a Hollingsworth que pensaba navegar hasta el Mediterráneo…
—Si eso es lo que piensas —soltó sus manos.
—No, no lo hago, ojalá lo hiciera. SerÃa todo más fácil… —se interrumpió, de forma incoherente—. Pero quizá tu tÃa Virginia sÃ. Te induce de algún modo a Hollingsworth y al Mediterráneo —volvió a tomar sus manos—. Alexa, ¿no habrá algún escondrijo para nosotros fuera de la ciudad?
—Ojalá lo hubiera —suspiró, medio rendida.