La piedra de toque
La piedra de toque —Uno de esos sitios donde bromean sobre los mosquitos —la alentó—, ¿te las apañarÃas con un solo sirviente?
—Y tú, ¿te las apañarÃas sin tus botas bien lustradas?
—¡Entonces prométeme que no te irás!
—¿En qué estás pensando, Stephen?
—No lo sé —tartamudeó, pues sus intenciones habÃan cobrado nuevos brÃos con la pregunta—. Aún está todo en el aire, claro, pero el otro dÃa me hicieron una buena oferta…
—¿Es una especulación tuya? —exclamó ella con una especie de terror supersticioso.
—No, por Dios. Se trata de algo seguro… Casi preferirÃa que no lo fuera, quiero decir, que puede que salga bien —se le apareció entonces, de manera repentina, la tentación en toda su magnitud. ¡Si no hubiera estado tan seguro de Dinslow! Pero su convicción otorgaba a la situación el elemento de seguridad que necesitaba.
—No te entiendo —vaciló ella.
—¡ConfÃa en mÃ! —imploró él, con brÃo renovado. Y volviéndose hacia ella, de pronto, concluyó—: Sabes que si te vas, te irás libre.
Ella se echó hacia atrás, ligeramente más pálida.
—¿Por qué me lo pones tan difÃcil?