La piedra de toque
La piedra de toque CapÃtulo IV
La tarde siguiente Glennard salió de la oficina más temprano de lo habitual y, de camino a casa, se detuvo en una biblioteca pública.
Era la hora del cierre y estaba solo, por lo que el bibliotecario pudo dedicarle atención personalizada en su indecisa petición de cartas… epistolarios. El bibliotecario le sugirió Walpole.
—Me referÃa a mujeres… Cartas de mujeres.
Le recomendó entonces Hanna More y la señorita Martineau.
Glennard maldijo su dificultad para expresarse.
—QuerÃa decir cartas… a otra persona… a un hombre: su marido… o…
—Ah —dijo el bibliotecario inspirado—: EloÃsa y Abelardo.
—Bien… ¿quizá algo más reciente? —dijo Glennard con delicadeza—. ¿No escribió Merimée…?
—En ese caso las cartas de la mujer no se publicaron.
—Ya lo sé —respondió Glennard, enojado por su metedura de pata.
—Están las cartas de Georges Sand a Flaubert.
—¡Ah! —Glennard titubeó—. ¿Ella era…? ¿Eran…? —se irritaba por su ignorancia acerca de los recovecos sentimentales de la literatura.