La piedra de toque

La piedra de toque

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—Si busca cartas de amor, tal vez le sirvan algunas de las correspondencias del dieciocho francés: Mademoiselle Aïssé o Madame de Sabran…

Glennard, sin embargo, insistió:

—Prefiero algo moderno… inglés o americano. Necesito buscar una cosa —concluyó sin convicción alguna.

El bibliotecario sólo pudo sugerirle que probara con George Eliot.

—De acuerdo. Deme entonces algunas de las francesas. Y me llevaré también las de Merimée. Fue la mujer quien las publicó, ¿verdad?

Acarreó, los libros desde el umbral hasta él taxi que lo llevó a casa. Cenó solo y deprisa en un pequeño restaurante cercano y volvió enseguida a sus libros.

Esa noche, ya muy tarde, se desnudó pensando en el impulso deleznable que le había obligado a dirigir aquellas últimas palabras a Alexa Trent. Ya era lo suficientemente perverso interponerse en las oportunidades de la joven, apartándola de otros hombres, pero era peor si cabe justificar su debilidad pintándole el futuro con falsas y ambiguas ilusiones. Se vio a sí mismo hundiéndose cada vez más hondo por la cobardía de sus sentimientos al renunciar a dejarla marchar, y se dio asco al pensar que el más alto sentimiento del que se suponía capaz estaba intoxicado con semejantes principios.


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