La piedra de toque
La piedra de toque La visión de su letra apenas lo animó cuando se despertó. Abrió la nota y leyó las escasas lÃneas —raramente se excedÃa de una página— con esa aprensión tan lúcida que siempre precede a una desgracia.
Mi tÃa parte en barco el sábado y debo responderle pasado mañana. Por favor, no vengas hasta entonces… Quiero tomar yo sola la decisión. Sé que deberÃa ir. ¿Por qué no me ayudas a hacer lo correcto?
Por tanto, ya estaba decidido. La ayudarÃa, no se interpondrÃa en su camino, la dejarÃa ir. Durante dos años habÃa estado viviendo la vida de otro hombre más afortunado y habÃa llegado el momento de recuperar la suya propia. Ya no tratarÃa de mirar adelante, de buscar a tientas su camino en el eterno laberinto de las dificultades materiales; una triste resignación se cernÃa sobre él como una niebla.
—¡Hola, Glennard! —gritó alguien cuando se apeaba de un tranvÃa en una esquina de la zona residencial aquella tarde. Glennard alzó la vista y se encontró con la sonrisa interrogante de Barton Flamel, que desde el bordillo miraba cómo se alejaba el tranvÃa con ojos de filósofo convencido de que no tardará en venir otro.