La piedra de toque
La piedra de toque Glennard sintió su habitual impulso de satisfacción al encontrarse a Flamel, pero esta vez no se vería reducido por el desdén con el que, frecuentemente, se saldaban sus encuentros. Seguramente ninguno de los pocos hombres que habían conocido a Flamel desde su juventud podría haber dado una buena razón para explicar el vago recelo que inspiraba. Hay personas a las que se juzgan por sus actos y a otras por sus ideas, quizá la mejor manera de definir a Flamel sea decir que su famosa mirada de indulgencia solía dirigirse hacia su propio ombligo sin reserva alguna. Puede que las mentes sencillas se ofendieran al descubrir que todas sus opiniones se basaban en meras impresiones, pero no pesaba contra él más cargo que el de la duda acerca de cómo reaccionaría en un caso de urgencia, y su compañía se consideraba una de esas disipaciones un poco desagradables que la gente prudente puede soportar de vez en cuando. Ahora se le ofrecía a Glennard como una fácil escapatoria de su obsesión por los problemas morales, que, del mismo modo que los roquetes desentonan en la calle, no podían lucirse en presencia de Flamel.
—¿A dónde va? ¿Al club? —preguntó Flamel, y al ver que el hombre más joven asentía, añadió—: ¿Por qué no viene a mi estudio? Es mejor soportar a un solo pelmazo que, a veinte, ¿no cree?