La piedra de toque
La piedra de toque El apartamento al que Flamel se refería como estudio sólo hacía honor a ese nombre por un atril siempre vacío: el resto del espacio había sido ocupado con pruebas de un minucioso diletantismo. El entorno parecía la visible expresión de la amplitud de miras de su propietario y en él destacaban hileras de buenos libros que reflejaban la principal preocupación de Flamel.
Mientras su anfitrión se ocupaba en descorchar una botella de agua mineral Apollinaris, Glennard examinó las hileras de cálido tafilete con ojos de inexperta curiosidad.
—Tiene una espléndida colección de libros —le dijo.
—Son bastante decentes —afirmó Flamel con el tono cortante del coleccionista que no habla de su pasión por miedo a quedarse sin tema de conversación. Luego, con las manos metidas en los bolsillos, como Glennard, empezó a recorrer mecánicamente la larga fila de estanterías.
—Algunos hombres —añadió Flamel sin poder resistirse— piensan que los libros son meramente herramientas, y otros simples estampaciones. Yo creo que son ambas cosas. Hay días en los que los uso como decorado y otros como compañía: así que, como ve, mi biblioteca representa un compromiso improvisado entre la apariencia y la inteligencia, y los coleccionistas me desprecian casi tanto como los estudiantes.