La piedra de toque

La piedra de toque

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Glennard no respondió, siguió inspeccionando libros de manera mecánica. Sus manos se deslizaban curiosas sobre las suaves cubiertas y recorrían con silenciosa calma las tripas. De pronto llegó a un fino volumen de desteñido manuscrito y con desganado asombro preguntó:

—¿Qué es esto?

—Ah, ese es el estante de los manuscritos… Últimamente me ha dado por ellos —Flamel se acercó y miró por encima de sus hombros—. Eso es de Stendhal —una de las historias italianas—, y ahí hay unas cartas de Balzac a Madame Commanville.

Glennard cogió el libro con súbito entusiasmo.

—¿Quién era Madame Commanville?

—Su hermana —se dio cuenta de que Flamel lo miraba con esa sonrisa que era como una interrogación—. No sabía que le interesaban este tipo de cosas.

—Y no me interesan… al menos nunca se me ha presentado la ocasión. ¿Tiene más colecciones de cartas?

—Por Dios, no… Muy pocas. Acabo de empezar y casi todas las más interesantes no están a mi alcance. Sin embargo, aquí guardo una pequeña recopilación, es lo más raro que tengo: media docena de cartas de Shelley a Harriet Westbrook. Tardé una eternidad en conseguirlas… muchos coleccionistas andaban tras ellas.


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