La piedra de toque

La piedra de toque

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Glennard le quitó el volumen de las manos y miró con aversión las horas amarillentas intercaladas entre sus páginas.

—Fue aquélla que se ahogó, ¿verdad?

—Supongo que ese pequeño episodio aumenta su valor un cincuenta por ciento —asintió Flamel, pensativo.

Glennard dejó el libro. Se preguntaba qué hacía reunido con Flamel. No estaba de humor para disfrutar de la charla de aquel hombre y percibió cómo se recrudecía su desdicha personal hasta convertirse en una marea helada.

—Creo que debo marcharme —dijo—. He olvidado un compromiso.

Se dio la vuelta para salir, pero en ese preciso instante fue consciente de la ambigüedad de sus intenciones, pues el aparente deseo de marcharse se revelaba como un último esfuerzo de su voluntad frente al anhelo dominante de quedarse y desahogarse con Flamel.

El hombre, como adivinando su preocupación, lo retuvo agarrándolo del brazo.

—¿Esa cita no puede esperar? Siéntese y pruebe uno de estos cigarros. No tengo la suerte de verle por aquí a menudo.

—Supongo que no me queda alternativa —respondió Glennard vagamente, y volvió a sentarse.


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