La piedra de toque

La piedra de toque

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Flamel había arrimado una pequeña tarima con una botella de Apollinaris y una licorera de coñac y, recostado en su amplio sillón, lo escrutaba a través de una nube de humo con la cómoda tolerancia de un hombre que no necesita que le expliquen las incongruencias. La complicidad flotaba en el aire. Era el tipo de atmósfera en la que lo escandaloso pierde su contorno y Glennard fue sintiendo cómo sus nervios se relajaban poco a poco.

—Supongo que debe de pagarse una fortuna por esas cartas —se oyó preguntar, mirando en la dirección del volumen que antes había cogido de la estantería.

—Bueno, depende de las circunstancias —Flamel lo observaba, pensativo—, ¿está pensando en hacerse coleccionista?

Glennard rio.

—Cielo santo, no, Al revés.

—¿En vender?

—No sé muy bien. Estaba pensando en un pobre tipo…

Flamel llenó la pausa asintiendo con interés.

—Un pobre tipo al que conocía… murió… murió el año pasado… y me dejó un montón de cartas que según él eran muy… me tenía en gran estima y me las dejó sin reservas con la idea, supongo, de que me beneficiara de algún modo… no sé… no sé mucho de estos asuntos… —estiró la mano hasta alcanzar el vaso que su anfitrión le había vuelto a llenar.


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