La piedra de toque
La piedra de toque —Bastante, dirÃa yo.
La mano de Glennard seguÃa en el tirador.
—¿Cuánto?… Usted entiende de estas cosas.
—Bueno, tendrÃa que ver las cartas, pero dirÃa… a ver… si tiene suficientes para llenar un libro, son legibles y el libro sale en el momento oportuno… pongamos diez mil al contado del editor y posiblemente uno o dos mil más en derechos de autor. Y si logra que los editores pujen entre sà aún puede sacarle más dinero, pero claro, estoy hablando a ciegas.
—Claro —dijo Glennard atacado de un vértigo repentino. La mano habÃa resbalado del pomo y él miraba fijamente al suelo, a las exóticas espirales de la alfombra persa que tenÃa bajo los pies.
—TendrÃa que ver las cartas —repitió Flamel.
—Por supuesto… tendrÃa que verlas… —murmuró Glennard; y sin darse la vuelta, le lanzó un «adiós» inarticulado por encima del hombro.