La piedra de toque

La piedra de toque

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Capítulo V

Capítulo V

Cuando Glennard la vislumbró entre los árboles, la casita no parecía más que una alegre tienda de campaña silueteada por los rayos del sol. Tenía la rigidez de un vestido veraniego recién almidonado y los geranios de la galería crecían parejos como las flores de un sombrero. El jardín prosperaba de manera irregular. Las semillas que habían sembrado al azar —entre risueñas e incompetentes ofensivas— habían crecido en un fragante desafío de su desatino. Sonrió al ver la clemátide desplegar sus puntuales alas sobre el porche. El césped era tan suave como unas mejillas lampiñas y un rosal carmesí trepaba hasta la ventana del cuarto de un bebé que nunca lloraba. La brisa hacía temblar el toldo que cubría la mesita de té, y al acercarse pudo ver a su esposa inclinada sobre una tetera a punto de hervir. La escena sugería con tanta viveza la pintada placidez de un decorado que apenas nos habría llamado la atención verla adelantarse entre las flores y gorjear su virtuosa felicidad desde la baranda de la galería.




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