La piedra de toque
La piedra de toque El calor viciado del largo dÃa en la ciudad y la polvorienta promiscuidad del tren suburbano se habÃan convertido en la antÃtesis de una noche de brisas perfumadas y tranquila conversación. Llevaban casados más de un año y cada regreso a casa aún reflejaba la frescura del primer dÃa juntos. Si su felicidad tenÃa algún defecto era el de parecerse demasiado a la lúcida temporalidad de su entorno. Su amor todavÃa no era más que la alegre tienda de campaña de unos veraneantes.
Su mujer levantó la vista con una sonrisa. Le gustaba la vida en el campo y su belleza habÃa ganado profundidad a partir de una calma que en algunos rostros podrÃa haber derivado en opacidad.
—¿Estás muy cansado? —le preguntó mientras le servÃa el té.
—Lo bastante para disfrutar de esto —se levantó de la silla en la que se habÃa desplomado y se inclinó sobre la bandeja para coger la leche—, ¿has tenido visita? —preguntó, advirtiendo la presencia de una taza medio vacÃa a su lado.
—Sólo Flamel —contestó ella con indiferencia.
—¿Flamel? ¿Otra vez?
—Acaba de irse. Tiene el barco atracado en Laurel Bay y ha venido en una calesa que le han dejado los Dresham —contestó ella sin muestras de sorpresa.