La piedra de toque
La piedra de toque Glennard no hizo ningún comentario y ella continuó, apoyando la cabeza en los cojines de la silla de bambú.
—Quiere que el domingo que viene vayamos a navegar con él.
Glennard removió el té, pensativo. Trataba de encontrar la manera menos artificial de expresarse y su voz parecÃa venir de algún otro lado, como si hablara a través de una marioneta.
—¿Te apetece?
—Como tú prefieras —dijo ella, complaciente. Ninguna afectación de indiferencia podrÃa haber sido más desconcertante que su conformidad. Y últimamente Glennard estaba empezando a sentir que la superficie que un año antes habÃa tomado por una lámina de cristal transparente podÃa ser, después de todo, un espejo donde sólo se reflejara su propia concepción de lo que habÃa detrás.
—¿Te agrada Flamel? —le preguntó de repente; ella, que seguÃa entretenida con el té, le devolvió una respuesta tÃpicamente femenina.
—CreÃa que a ti sÃ.
—Por supuesto —accedió, irritado por su incorregible tendencia a magnificar la importancia de Flamel dándole vueltas al tema—; un paseo en barco serÃa estupendo; vayamos.