La piedra de toque

La piedra de toque

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Ella no contestó y él sacó los periódicos de la tarde, que se había metido en el bolsillo al bajar del tren. Mientras los estiraba era como si su propio semblante se sometiera al mismo proceso. Echó una ojeada a la página de la Bolsa y la impertinente personalidad de Flamel desapareció tras las filas de números que avanzaban a trompicones por salir a la luz, como prolíficos portadores de buenas noticias. Las inversiones de Glennard prosperaban como su jardín: las acciones más áridas florecían en dividendos y una dorada cosecha aguardaba su hoz.

Miró a su esposa con el aire tranquilo del hombre que digiere la buena suerte con la misma naturalidad con que la tierra seca absorbe la lluvia.

—Las cosas están yendo de maravilla. Creo que podremos pasar dos o tres meses en la ciudad el próximo invierno si encontramos algo barato.

Ella le dedicó una amplia sonrisa; estaba encantada de poder decir, con cara de estar sopesando las consecuentes ventajas:

—¿En serio? Casi voy a sentirlo por el bien del bebé; pero si vamos podríamos quedarnos en la casa de Kate Erskine… ella nos la dejará por casi nada…


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