La piedra de toque
La piedra de toque Ahora tenía la odiosa sensación de estar entrampado en un negocio desfavorable. No sabía que las cosas serían así y una ira apagada se le iba acumulando poco a poco en el corazón. ¿Ira contra quién? ¿Contra su esposa, por ignorar su sufrimiento? ¿Contra Flamel, por ser el causante inconsciente de su mal proceder? ¿O contra el mudo recuerdo al que sus propios actos habían otorgado de repente una voz acusadora? Sí, era eso; y su castigo, de ahora en adelante, sería la presencia, la ineludible presencia, de la mujer a la que había evitado durante tanto tiempo. Ahora siempre estaría allí, como si se hubiera casado con ella en lugar de con la otra. Eso era lo que ella siempre había querido: estar con él; y al final lo había logrado…
Se incorporó de un salto, como si fuera a alzar el vuelo… y el repentino movimiento hizo que Alexa levantara la vista y le preguntara, con voz indiferente de mujer cuya vida está inmersa en un círculo mágico de prosperidad:
—¿Alguna novedad?
—No, ninguna… —contestó, con una sensación de peligro inminente.