La piedra de toque
La piedra de toque Los periódicos estaban esparcidos a sus pies… ¿y si los viera? Estiró el brazo para recogerlos, pero lo que pensó a continuación le demostró la inutilidad del encubrimiento: el mismo anuncio aparecerÃa todos los dÃas, durante semanas, en todos los periódicos; ¿cómo iba a evitar que lo viera? No podÃa estar siempre escondiéndoselos… En fin, ¿y qué pasarÃa? No significarÃa nada para ella, lo más probable es que nunca leyera el libro… En cuanto su esposa dejó de ser un elemento temible en sus conjeturas, la distancia que los separaba pareció reducirse, y la introdujo de nuevo, por asà decirlo, en el cÃrculo de su protección conyugal… ¡Y pensar que un momento antes habÃa estado a punto de odiarla!… Se rio en voz alta de sus miedos infundados… No estaba en sus cabales, sin duda.
—¿De qué te rÃes? —le preguntó.
Muy elaboradamente, le explicó que se estaba acordando de una vieja que iba en el tren, una anciana cargada con muchos paquetes que habÃa perdido el pasaje… Pero mientras la iba narrando, la historia parecÃa haber perdido su gracia, y apreció la diplomacia de la sonrisa que ella le dedicó. Consultó el reloj.
—¿No es hora de vestirse?
Alexa se levantó con tranquila desgana.
—Es una pena entrar. Se está tan bien en el jardÃn…