La piedra de toque
La piedra de toque Se sentaron juntos, contemplando su dominio. A esa hora ya no quedaba espacio para la sombra del olmo en la esquina del seto: cruzó la hierba, cortó en dos la linde de flores y subió por el lateral de la casa hasta la ventana del cuarto infantil. Alexa se inclinó para sacudir una oruga de la madreselva; luego, cuando entraban en la casa, le sugirió:
—Si vamos a ir en el barco el próximo domingo, ¿no deberías decírselo a Flamel?
La exasperación de Glennard se desvaneció de inmediato.
—Claro que se lo haré saber. Parece que siempre insinúas que voy a ser grosero con Flamel.
Las palabras reverberaron en el silencio de su esposa. Alexa tenía la costumbre de darle espacio para que pudiera contemplar sus propias insensateces con cierta distancia. Glennard dio media vuelta y subió al piso de arriba. Mientras se dejaba caer en una silla delante de la cómoda se dijo a sí mismo que en la última hora había sondado las profundidades de su humillación y que los posos más hondos, el limo del fondo, albergaban la odiosa necesidad de ser siempre, mientras los dos vivieran, cortés con Barton Flamel.