La piedra de toque
La piedra de toque A través de la puerta, vio que el joven Hollingsworth se levantaba, bostezando por el parvo consuelo de un brandy con soda, y dirigía su irresoluta persona a la ventana. Glennard lo examinó con desdén. Era tan propio de Hollingsworth levantarse a echar un vistazo por la ventana… ¡como si afuera le esperase algo que no fuese pura oscuridad! Allí estaba un hombre lo bastante rico como para dedicarse a lo que quisiera —si hubiese algo que le satisficiese—, pero al que su propia inmune desidia le incapacitaba para alcanzar cualquier logro; e irónicamente, a escasos metros de él, otro que lo único que quería era enfundarse un abrigo decente y ofrecer un techo donde resguardarse a la mujer que amaba. Glennard, que tanto se había esforzado y privado por una ínfima oportunidad, que su entusiasmo habría de convertir en todo un reino, se sentó, desolado, calculando que aunque se resignara a perder el club, a dejar los cigarros y a renunciar a las excursiones de los domingos, seguiría estando lejos de lograr su propósito.
El ejemplar del Spectator había resbalado hasta sus pies y al cogerlo no pudo evitar que sus ojos se posaran de nuevo en el párrafo dirigido a los amigos de la señora Aubyn. La primera vez lo había leído sin apenas prestarle atención: su nombre llevaba siendo público tanto tiempo que sus ojos pasaron de largo, del mismo modo que la gente que camina con prisas no repara en los monumentos que le son familiares.