La piedra de toque
La piedra de toque «Información en lo concerniente al periodo anterior a su llegada a Inglaterra…». Esas palabras imponían una evocación. Volvió a verla como en su primer encuentro: aquel pobre genio, con su alargada cara pálida y sus ojos miopes, un poco moderado por la gracia de la juventud y la inexperiencia, pero tan incapaz, incluso entonces, de rendirse a sus impulsos. Cuando hablaba, de hecho, era maravillosa; quizá más, le parecía a Glennard, que cuando más adelante la conciencia de las cosas memorables que pronunciaba parecía despojar del rubor de la privacidad hasta su discurso más íntimo. Si alguna vez había estado cerca de amarla, fue en esos días tempranos, aunque sus sentimientos sólo se habían manifestado a intervalos. Después, cuando ser amado por ella habría podido volver loco a cualquier hombre, la reticencia física había sido tan superior a la atracción intelectual que los últimos años habían sido para ambos una auténtica agonía. Ahora, al remover viejos papeles, su mano iluminaba las cartas, pero el roce le producía una inexpresable tristeza…