La piedra de toque
La piedra de toque «Tenía tan pocos amigos íntimos… que, en el supuesto de que existieran cartas, éstas tendrían un valor muy especial». ¡Tan pocos amigos íntimos! Durante mucho tiempo no había tenido más que uno; uno que en los últimos años había correspondido a sus espléndidas páginas, a sus trágicas efusiones de amor, humildad y perdón con la parquedad con la que los hombres suelen evadir las más vulgares impertinencias sentimentales. Había sido tosco, muy a su pesar, y algunas veces, ahora que el recuerdo de su rostro se había desvanecido y sólo su voz y sus palabras lo acompañaban, le irritaba su propia ineptitud, su estúpida incompetencia para ponerse a la altura de la pasión que ella le profesaba. Su egoísmo no era de los que buscan complacerse en la aventura. Ser amado por la mujer más brillante de su época y ser incapaz de amarla le parecía, al echar la vista atrás, la prueba más hiriente de sus limitaciones; y la compasión que sentía ante ese recuerdo se complicaba con una sensación de irritación hacia ella por haberle mostrado de golpe el alcance de su capacidad afectiva. Sin embargo, era impropio de él escarbar en el pasado. El público, al tomar posesión de Aubyn, le había quitado un peso de encima. Había algo de irracional en el hecho de pedirle disculpas sentimentales a un recuerdo que ya podría considerarse clásico: reprocharse el no haber sido capaz de amar a Margaret Aubyn era como preocuparse por la incapacidad de admirar la Venus de Milo. Paradójicamente ella debía estar contemplando, desde su frío nicho de celebridad, cómo él se flagelaba. Sólo cuando reparaba en alguna de sus pertenencias, sentía una repentina revivificación de aquel viejo sentimiento, un extraño doble impulso que, por una parte, lo arrastraba hacia su voz, pero, por otra, lo alejaba de su mano; incluso ahora se le encogía el corazón cuando contemplaba cualquier cosa que ella hubiese tocado. Casi nunca le ocurría ya. Uno por uno, sus escasos regalos habían ido desapareciendo de las habitaciones, y raramente volvían a sus manos las cartas que guardaba por cierta, no reconocida, vanidad pueril de poseer tales tesoros…