La piedra de toque

La piedra de toque

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«Sus cartas tendrán un valor muy especial». ¡Sus cartas! Debía de tener cientos de ellas… suficientes para llenar un libro. A veces le parecía que llegaban en cada reparto: evitaba mirar el buzón cuando volvía a casa, pero era como si su escritura lo abordase en cuanto introducía la llave en la cerradura de la puerta.

Se levantó y se dirigió con parsimonia a la habitación contigua. Hollingsworth, después de apartarse distraídamente de la ventana, se había sumado a un decaído grupo de hombres. Con frases titubeantes que parecían luchar las unas con las otras para exponer una idea muy brillante, les contaba lo difícil que resultaba vivir en aquel sitio de mala muerte y con aquel clima nefasto que al llegar febrero les obligaba a escapar, con la dificultad añadida de que no había sitio en el que poder navegar en invierno, excepción hecha de otro célebre hoyo: la Riviera. Glennard se incorporó a otro grupo en el que una voz que nada tenía que ver con el monótono órgano de Hollingsworth, les hablaba a un nuevo círculo de lánguidos oyentes.

—¡Vengan a oír a Dinslow hablar de su patente: entrada gratuita! —anunciaba uno de los hombres con afectada resignación.

Dinslow dirigió a Glennard una sonrisa agresiva y segura de sí misma.

—Denle seis meses y hablará por sí sola —declaró—. Por poco puede articular.


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