La piedra de toque
La piedra de toque —Entonces es obvio que no tenÃa por qué escribirlas; y podrÃa haberle evitado al hombre, pobre diablo, el tener que recibirlas.
—Quizá contase con que el público le ahorrarÃa el mal trago de tener que leerlas —dijo el joven Hartly, que aún estaba en la etapa de cinismo.
La señora Armiger volvió su belleza acusadora a Dresham.
—Por el modo en que lo defiende, creo que sabe quién es.
Todo el mundo miró a Dresham, y su esposa sonrió con el aire superior de la mujer que conoce los secretos profesionales de su marido. Dresham se encogió de hombros.
—¿Qué he dicho para defenderlo?
—Lo ha llamado pobre diablo… Le ha dado pena.
—¿Un hombre que permite que Margaret Aubyn le escriba esas cosas? Claro que me da pena.
—¡Entonces debe de saber quién es! —exclamó la señora Armiger, con cierto aire triunfante por su agudeza. Hartly y Flamel rieron y Dresham sacudió la cabeza.
—Nadie lo sabe, ni siquiera los editores; por lo menos, eso me dijeron.