La piedra de toque
La piedra de toque —Yo creo que es un vicio, o casi, leer un libro como las Cartas —dijo la señora Touchett—. En ellas va el alma de una mujer, arrancada por completo desde la raÃz… Su ser desnudo; y ante un hombre al que es evidente que no le importaba lo más mÃnimo; ¡bien podrÃa haberle importado! No pienso leer ni una lÃnea más; es como mirar por el ojo de una cerradura.
—Pero ¿y si ella querÃa que se publicaran?
—¿Qué? ¿Y cómo sabemos que era eso lo que querÃa?
—Bueno, he oÃdo que le dejó las cartas al hombre, quienquiera que sea, con instrucciones de que a su muerte las publicara…
—No lo creo —declaró la señora Touchett.
—Entonces el hombre está muerto, ¿no? —preguntó uno de los hombres.
—¿Creen que si estuviera vivo podrÃa mantener la cabeza alta, sabiendo que todo el mundo ha leÃdo las cartas? —protestó la señora Touchett—. Ya debe de haber sido bastante horrible saber que le fueron escritas… ¡pero publicarlas! ¿Qué hombre podrÃa hacer algo semejante? ¿Y qué mujer le habrÃa pedido que lo hiciera?…
—Vamos, vamos —intercedió Dresham—; al fin y al cabo, no son cartas de amor.
—No, eso es lo peor: son cartas de desamor —replicó la señora Touchett.