La piedra de toque
La piedra de toque —¡Pero ella nunca tuvo intención de dejarlas para la posteridad!
—Una mujer no deberÃa escribir ese tipo de cartas si no quiere que se publiquen…
—¡No deberÃa escribÃrselas a un hombre como ése! —corrigió con desprecio la señora Touchett.
—Yo nunca guardo las cartas —dijo la señora Armiger, con la obvia impresión de que estaba aportando algo realmente valioso a la discusión.
Hubo una risa generalizada y Flamel, que todavÃa no habÃa hablado, dijo con apatÃa:
—Ustedes las mujeres son siempre subjetivas, no tienen remedio. En cambio, me atrevo a decir que la mayorÃa de los hombres no verÃan en esas cartas más que su inmenso valor literario, su importancia documental. El lado personal no cuenta cuando hay otras cosas mucho más importantes.
—Venga, todos sabemos que usted no tiene principios —declaró la señora Armiger; y Alexa Glennard, con una sonrisa indolente, coincidió con ella.
—Yo nunca le escribirÃa una carta de amor, señor Flamel.