La piedra de toque

La piedra de toque

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Glennard se apartó con impaciencia. La charla era tan aburrida como el zumbido de los mosquitos. Se preguntó por qué su esposa se había empeñado en arrastrarlo a esta expedición sin sentido… Odiaba al grupo de Flamel… ¿Y qué se traía Flamel entre manos para interferir como lo hacía, justificando la publicación de las cartas como si Glennard necesitase que lo defendiera?…

Volvió la cabeza y vio que Flamel había arrastrado un asiento a la altura de Alexa y le hablaba en voz baja. Los demás se habían desperdigado en parejas por la cubierta. Le dio la impresión de que nunca sería capaz de ver a Flamel hablando con su esposa sin sentir esa terrible desconfianza que ahora lo sacaba de quicio.

A la mañana siguiente, durante el temprano desayuno, Alexa sorprendió a su marido con una petición inesperada.

—¿Me traerás esas cartas de la ciudad? —le preguntó.

—¿Qué cartas? —dijo él, soltando la taza. Se sentía tan vulnerable como el hombre que es atacado en la oscuridad.

—Las de Aubyn. El libro del que todos hablaban ayer.

Sirviéndose con cuidado la segunda taza de té, Glennard dijo con prudencia:

—No sabía que te importaban ese tipo de cosas.


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