La piedra de toque
La piedra de toque Se había metido un volumen en cada bolsillo y no se atrevió a sacarlos durante el viaje; pero las irritantes palabras lo asaltaban desde los pliegues del periódico vespertino. El nombre de Margaret Aubyn parecía impregnar el aire. El traqueteo del tren hacía bailar su mirada por las páginas de la revista que estaba leyendo el señor que viajaba frente a él…
Cuando llegó, le dijeron que la señora Glennard aún no había regresado. Subió a su habitación y se sacó los libros de los bolsillos. Los echó sobre la mesa, ante él, como si tuviera miedo de tocarlos… Al final abrió el primer volumen. Una carta conocida lo abordó, cada palabra apresurada por el familiar estilo de su letra. Las pequeñas y entrecortadas frases huían por la página como animales heridos en campo abierto… Era una imagen horrible… Una batida de cosas indefensas sacadas salvajemente de su refugio. No imaginaba que iba a ser así…