La piedra de toque
La piedra de toque Alexa era mujer de pocos caprichos, pero sus deseos, hasta los más insignificantes, estaban tan bien definidos que se distinguían claramente de sus volubles impulsos. Y él sabía que, ahora que le había pedido el libro, ya no se olvidaría del tema, por lo que desechó, como un expediente inútil, la momentánea idea de preguntar por él en la biblioteca circulante y decirle que todos los ejemplares estaban prestados. Si había que comprarlo, lo mejor es que lo hiciera cuanto antes. Salió de la oficina más temprano de lo habitual y entró en la primera librería que encontró de camino al tren. El escaparate estaba repleto de llamativos volúmenes de cartas. Dos palabras: «Margaret Aubyn», le lanzaban continuos fogonazos. Entró en la tienda y se dirigió a un mostrador donde el mismo nombre se repetía una y otra vez en filas y filas de ejemplares encuadernados. Parecían haber relegado el resto de libros a los estantes del fondo. Cogió un ejemplar y le lanzó el dinero a un atónito empleado que lo persiguió hasta la puerta con el ofrecimiento de envolverle los volúmenes.
En la calle le sobrecogió un temor repentino. ¿Y si se encontraba a Flamel? La idea resultaba insoportable. Llamó a un taxi y fue directamente a la estación, donde, entre los abanicos de palma de la sudorosa multitud, esperó una larga media hora hasta que el tren salió.