La piedra de toque
La piedra de toque ¿Por qué le había pedido el libro? ¿Respondía su repentino deseo a alguna insinuación de Flamel? Le daba náuseas sólo pensarlo, pero mantuvo la suficiente lucidez como para convencerse, apenas un momento después, de que su última esperanza de autocontrol se perdería si se empeñaba en ver motivos ocultos en todas las palabras y actos de su esposa. Por mucho que Flamel supusiese, no tenía el don de la adivinanza, por lo que no podría predicar lo que sabía de él ni regodearse en la importancia de sus deducciones. Las mismas cualidades que hacían de Flamel un sabio consejero lo convertían en el más peligroso de los cómplices. Y Glennard se sintió sacudido por fuerzas extrañas que su propia actuación había puesto en marcha…