La piedra de toque
La piedra de toque CapÃtulo VII
Algo lo despertó de golpe y, al levantar la vista, se encontró con su esposa. Le sostuvo la mirada en silencio hasta que ella titubeó.
—¿Estás enfermo?
Las palabras le hicieron volver en sÃ.
—¿Enfermo? Claro que no. Me han dicho que habÃas salido y me habÃa subido.
Los libros estaban encima de la mesa, entre ambos. Se preguntó cuándo los verÃa. Ella permaneció tÃmidamente en el umbral, como dejando la explicación en sus manos. No era el tipo de mujer del que se esperarÃa que presentara sus excusas creando algún tipo de polémica.
—¿Dónde has estado? —preguntó Glennard, adelantándose para impedir que viera los libros.
—He ido a casa de los Dresham a tomar el té.
—No sé qué es lo que ves en esa gente —le dijo, encogiéndose de hombros; y luego añadió, sin poder controlarse—: Me imagino que Flamel estarÃa allÃ, ¿no?
—No, se marchó en el barco esta mañana.
Aquella respuesta que obstruÃa la fuga natural de su enfado dejó momentáneamente a Glennard sin recursos, salvo el de acudir con impaciencia hasta la ventana. Al seguirlo, los ojos de Alexa repararon en los libros.