La piedra de toque

La piedra de toque

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—¡Ay, los has traído! ¡Qué alegría! —exclamó.

Él le contestó por encima del hombro.

—¡Para no leer nunca, haces unas excepciones asombrosas!

La sonrisa de Alexa era una concesión exasperante a la posibilidad de que Glennard hubiera tenido que soportar un día de calor en la ciudad o de que algo lo hubiese molestado.

—¿Quieres decir que no está bien querer leer un libro? —preguntó—. No estuvo bien publicarlo, es cierto, pero, al fin y al cabo, yo no soy la responsable, ¿verdad? —se detuvo y, en vistas de que él no contestaba, continuó, todavía sonriendo—. Y sí que leo algunas veces, ya lo sabes. Me gustan mucho los libros de Margaret Aubyn. Cuando nos conocimos estaba leyendo Semillas de granada, ¿no te acuerdas? Fuiste tú quien me lo contó todo sobre ella.

Glennard se había dado media vuelta y miraba a su mujer fijamente.

—¿Todo sobre ella? —repitió, y con las palabras vinieron los recuerdos.


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