La piedra de toque
La piedra de toque Una tarde se había encontrado a la señorita Trent con la novela en la mano y, movido por la necia necesidad del amante de vincularse de algún modo a las inquietudes intelectuales de la amada, había roto su habitual silencio respecto al pasado. Alentado por la certeza de que ocuparía un papel destacado en la imaginación de Alexa Trent, había divagado de anécdota en anécdota, reviviendo los dormidos detalles de su antigua vida en Hillbridge y alimentando su vanidad con la ilusión con que ella recibía sus recuerdos sobre esa criatura que por aquel entonces ya vestía el traje impersonal de la grandeza.
El incidente no había hecho mella en su cabeza, pero ahora lo asaltaba como un viejo enemigo, el más peligroso por haber sido olvidado. El instinto de autodefensa —algunas veces el más arriesgado que un hombre puede ejercer— le hizo declarar con escasa fluidez:
—Bueno… solía verla en casas de otras personas, eso es todo —y al ver que el silencio de Alexa, para no perder la costumbre, hacía que las cosas empeoraran más si cabe, añadió, con crecida indiferencia—: Es sólo que no sé qué puedes encontrar de interés en un libro como ése.
Ella pareció considerarlo atentamente.
—¿Entonces lo has leído?
—Le he echado un vistazo… Nunca leo ese tipo de cosas.