La piedra de toque
La piedra de toque —¿Es cierto que no querÃa que las cartas se publicaran?
Glennard sintió el vértigo repentino del montañero que camina por el saliente de una cornisa y tuvo la sensación de que si miraba más allá de donde pisaba, estarÃa perdido.
—Lo cierto es que no lo sé —contestó; después, armándose con una sonrisa, le acarició el brazo—. Ya que no he tomado el té en casa de los Dresham, ¿puedes traerme uno? —sugirió.
Aquella noche Glennard se encerró en el pequeño estudio que daba a la sala con el pretexto de que tenÃa trabajo que hacer. Mientras reunÃa los papeles, le dijo a su esposa:
—¿No irás a sentarte dentro con la noche que hace? Me reuniré contigo fuera en un rato.
Pero ella ya habÃa acercado el sillón a la lámpara.
—Quiero hojear un poco el libro —dijo, tomando el primer volumen de las Cartas.
Glennard se encogió de hombros y se retiró al estudio.
—Voy a cerrar la puerta, quiero estar tranquilo —explicó desde el umbral; y ella asintió sin levantar la vista del libro.