La piedra de toque

La piedra de toque

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Glennard se dejó caer en una silla, mirando fijamente los papeles extendidos. ¿Cómo iba a trabajar si al otro lado de la puerta ella tenía aquel volumen en sus manos? La puerta no la había dejado fuera, la veía con claridad, la sentía cerca, en un contacto tan doloroso como si le presionaran una herida.

La sensación formaba parte de aquella extrañeza general que lo hacía sentirse como si despertara de un largo sueño y se encontrara en un país desconocido entre gente de habla extranjera. Vivimos en nuestras propias almas como si fueran regiones que no aparecen en los mapas, de las que hemos limpiado algunos acres para establecer nuestra morada, mientras que de la naturaleza de los que nos rodean no conocemos más que los límites que colindan con los nuestros. De los puntos del carácter de su esposa que no estaban en contacto directo con los suyos, Glennard percibía su ignorancia; y la desconcertante sensación de lejanía se intensificó con el descubrimiento de que, en cierto modo, nunca la había tenido tan cerca. Igual que uno puede vivir durante años en la feliz inconsciencia de poseer unos nervios delicados, él no se había dado cuenta de que la personalidad de su esposa se había convertido en parte de la textura de su vida y que erradicarla sería imposible, como un tumor que se desarrollara en alguno de los órganos vitales; y ahora se sentía a la vez incapaz de prever su opinión e impotente para evitar sus consecuencias.


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