La piedra de toque

La piedra de toque

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A la mañana siguiente, para evitar las confidencias del desayuno, se marchó a la ciudad más temprano de lo habitual. Su esposa, que distaba de ser una rápida lectora, era dada a comentar todo lo que leía y en ese momento el principal objetivo de Glennard era posponer la inevitable conversación sobre las cartas. Este mismo instinto de protección fue el que, por la tarde, lo condujo hasta el club en busca de alguien a quien convencer para que lo acompañara a cenar al campo. El único hombre que había en el club era Flamel.

Al oírse a sí mismo presionando a Flamel casi de forma involuntaria para que cenara con él, Glennard se percató de la tremenda ironía de la situación. Usar a Flamel como escudo contra el escrutinio de su mujer era sólo un poco menos humillante que utilizarla a ella para defenderse de Flamel.

Experimentó un contradictorio malestar cuando el hombre aceptó, y los dos se dirigieron a la estación en silencio. Al pasar junto al puesto de libros de la sala de espera, Flamel vaciló durante un momento y los ojos de ambos fueron a detenerse en el nombre de Margaret Aubyn, visiblemente expuesto sobre un mostrador repleto de los conocidos volúmenes.

—Vamos a llegar tarde —protestó Glennard, sacando el reloj.

—Adelántese —le dijo Flamel, impasible—. Quiero comprar algo…


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