La piedra de toque
La piedra de toque Acabada la cena, regresaron al porche, donde la luna, elevándose por detrás del viejo olmo, se unÃa al árbol sumiso mediante un romántico subrayado de sus bordes. Glennard se habÃa dejado los cigarros en el estudio y fue a cogerlos. Al atravesar la sala, reparó en que el segundo volumen de las Cartas estaba abierto en la mesa de su esposa. Lo cogió y miró la fecha de la carta que habÃa estado leyendo. Era una de las últimas… se sabÃa las pocas lÃneas de memoria. Soltó el libro y se apoyó en la pared. ¿Por qué la habÃa incluido entre las otras? ¿O era posible que todas se parecieran…?
La voz de Alexa emergió de la oscuridad.
—May Touchett tenÃa razón: ES como mirar por el ojo de una cerradura. ¡Ojalá no lo hubiera leÃdo!
Flamel le contestó, con el tono evasivo del hombre cuyas frases salen pausadas por el cigarrillo.
—A lo mejor eso es lo que nos parece a nosotros, pero otras generaciones lo considerarán un clásico.
—Entonces no deberÃa haberse publicado hasta que se hubiera convertido en un clásico. Es horrible, casi degradante, leer los secretos de una mujer a la que uno podrÃa haber conocido —y añadió, en voz baja—: Stephen la conocÃa.
—¿En serio? —dijo Flamel.