La piedra de toque

La piedra de toque

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El impulso fue lo bastante fuerte para conducirlo a la ventana, pero allí le invadió cierta reacción de resistencia. ¿Qué había hecho, al fin y al cabo, para tener que defenderse y dar explicaciones? Tanto Dresham como Flamel habían declarado, él era testigo, que la publicación de las cartas no sólo estaba justificada, sino que era obligatoria. Y si la imparcialidad del veredicto de Flamel podía cuestionarse, al menos Dresham representaba el punto de vista objetivo del hombre de letras. Las palabras de Alexa no eran más que la expresión, en boca de una «buena» mujer, de una idea previamente concebida por otras mujeres similares. Había pronunciado las palabras adecuadas del mismo modo que si se pusiera el vestido apropiado o escribiera la perfecta invitación a una cena. Glennard tenía poca fe en los juicios abstractos del otro sexo. Sabía que la mitad de las mujeres que se mostraban horrorizadas por la publicación de las cartas de Aubyn habrían revelado sus secretos sin ningún escrúpulo.

Sus emociones se calmaron de repente y se sintió aliviado. Se dijo a sí mismo que lo peor había pasado y que las cosas volverían a su cauce. Su esposa y Flamel hablaban ahora de otros temas, así que salió al porche y le tendió los cigarros a Flamel, mientras le decía alegremente —¡y habría jurado que eran las últimas palabras que le hubiera gustado pronunciar!:


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