La piedra de toque
La piedra de toque Justo al día siguiente el destino se encargó de precipitar esta medida colocando en el plato del desayuno de Glennard un sobre con los nombres de los editores a los que había vendido las cartas de Aubyn. Daba la casualidad de que era la única carta que había llegado en el primer reparto e inspeccionó, al otro lado de la mesa, a su esposa, que había bajado antes que él y que probablemente había dejado el sobre en el plato. No era del tipo de personas que hacen preguntas comprometedoras, pero podía adivinar sus conjeturas en la forma de mirarle. Empezaba a debatirse entre la idea de reflejar sorpresa al ver la carta o quitarle toda importancia como si fuera una nota de trabajo que había llegado a casa por error, cuando un cheque cayó del interior del sobre. Eran los derechos correspondientes a la primera edición de las cartas. Su primer sentimiento fue de simple satisfacción. El dinero había llegado en un momento tan oportuno que no podía evitar recibirlo con alegría. Dentro de poco habría más; sabía que el libro se estaba vendiendo mucho mejor de lo que vaticinaron las previsiones iniciales del editor. Se guardó el cheque en el bolsillo y salió de la habitación sin mirar a su esposa.