La piedra de toque
La piedra de toque De camino a su oficina volvió a invadirle aquella reacción habitual. El dinero que había recibido era la primera prueba tangible de que estaba viviendo de la venta de su autoestima. La conciencia de los beneficios materiales se había visto eclipsada por la sensación de vileza intrínseca en el hecho de dar a conocer las cartas. Ahora se daba cuenta de la sordidez que este hecho añadía a la situación y de que su necesidad de dinero y el uso que debía hacer de él lo comprometían más que nunca a acatar sin remedio las consecuencias de sus actos. Le parecía que en esa primera hora de incertidumbre había vuelto a traicionar a su amiga.
Cuando aquella tarde llegó a casa más temprano de lo normal, la salita de Alexa rebosaba alegría por los cuatro costados. Era un milagro que Flamel no estuviera allí, pero Dresham y el joven Hartly, alrededor de la mesa de té, recibían con resonante júbilo las notas intermitentes del staccato que convertía la conversación de la señora Armiger en los chillidos de una pajarería alarmada.
La mujer enmudeció al ver entrar a Glennard y éste aún tuvo tiempo de observar que su esposa, ocupada con la bandeja del té, no había agregado su risa a las carcajadas de los hombres.