La piedra de toque

La piedra de toque

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—Ay, continúe, continúe —gimió el joven Hartly con entusiasmo, y la señora Armiger recibió la mirada inquisitiva de Glennard declarando en voz alta con desaprobación que no le veía la gracia por ninguna parte.

—Creí que me iba a dar algo. No sé qué habría hecho si Alexa no hubiera estado en casa para ofrecerme una taza de té. Tengo los nervios de punta. Sí, otra, querida, por favor —y mientras Glennard mostraba su perplejidad, continuó, después de considerar si le convenía servirse un segundo terrón de azúcar—: ¡Ah! Acabo de llegar de la lectura, ya sabe, en el Waldorf.

—No llevo tanto tiempo en la ciudad como para haberme enterado —dijo Glennard, cogiendo la taza que su esposa le tendía—. ¿Quién ha leído qué?

—Esa hermosa chica sureña: Georgie. Sí, Georgie se llama… La protegida de la señora Dresham… ¡A menos que sea la SUYA, señor Dresham! El gran salón de baile estaba REPLETO, y todas las mujeres gritaban como idiotas. Es la cosa más espeluznante que he oído nunca…

—¿Y qué es lo que ha oído? —preguntó Glennard, pero su esposa lo interrumpió.

—¿Quiere un poco más de pastel, Julia? Oh, Stephen, llama para que nos traigan unas tostadas, por favor —el tono de su voz revelaba educadamente que estaba harta del tema de conversación.


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