Santuario

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Ambas mujeres habían olvidado dónde se hallaban en su afán por saber cuanto antes lo que cada una de ellas pensaba. La señora Peyton, con su orgullo maternal soliviantado, se ruborizó; pero, al advertir la inesperada perspicacia de la muchacha, reprimió cualquier posible respuesta. Estaba ante alguien que conocía a Dick tan bien como ella misma. ¿Debía considerar a la señorita Verney una adversaria o una cómplice? Notó cómo en su interior iba gestándose una leve envidia. Experimentaba esa agonía que toda madre siente ante la primera intromisión en el derecho, que hasta el momento sólo ella había disfrutado, a juzgar a su hijo, y su voz tembló de resentimiento.

—Debes de tener una opinión muy pobre de su carácter —dijo.

La señorita Verney no retiró la mirada, pero su rubor se acentuó de forma extraordinaria.

—Tengo, en todo caso, una altísima opinión de su talento —dijo—. No creo que haya muchos hombres que posean su asombrosa energía moral e intelectual.

—¿Y tú fomentarías una a expensas de la otra?


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