Santuario

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—En ciertos casos… Y hasta cierto punto —dijo mientras se desprendía de la frondosa piel de su manguito, una de esas pieles dúctiles y plateadas que envuelven a una mujer en una elegante suntuosidad. En ese momento, todo lo relacionado con ella exhalaba un aroma de riqueza y frialdad. Todo, como pronto pudo apreciar la señora Peyton, excepto el persistente rubor bajo su oscura piel. No obstante, su autodominio era tan perfecto que el rubor parecía continuar allí tan sólo porque ella se había olvidado de él.

—Supongo que usted opina que soy extraña —continuó ella—. La mayoría de la gente así lo cree, únicamente porque digo la verdad. Lo cierto es que se trata de la manera más sencilla de encubrir las propias emociones. Puedo, por ejemplo, hablar de una manera decididamente abierta sobre el señor Peyton porque usted deduce que, si estuviera lo que se dice «interesada» en él, no lo haría. Y puesto que estoy interesada en él, resulta que mi método tiene sus ventajas —concluyó con una de esas sonoras carcajadas que parecían recorrer de un extremo a otro todo su expresivo ser.

La señora Peyton se inclinó hacia ella.

—Sé que estás interesada —dijo tranquilamente—. Y, como supongo que no te negarás a que los demás disfruten de los mismos privilegios que reclamas para ti, te confesaré que te seguí hasta aquí con la esperanza de descubrir la naturaleza de ese interés.


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