Santuario

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La señora Peyton había estado escuchando con una atención tan intensa que de repente se vio incapaz de dar una respuesta apropiada. Había algo escalofriante pero también casi atractivo en aquella declaración de principios. Lo normal era que no se enunciaran en voz alta, aunque marcaran las pautas cotidianas de comportamiento.

—¿Y crees —dijo por fin— que en este caso él se ha situado por debajo de sus posibilidades?

—No puedo asegurarlo, por supuesto. Pero su desaliento, su abattement[5], es una mala señal. No creo que albergue ninguna esperanza de ganar.

La madre volvió a dudar un instante.

—Puesto que eres tan sincera —dijo entonces—, permíteme que también yo lo sea y te pregunte cuándo fue la última vez que le viste.

La muchacha sonrió ante el circunloquio:

—Ayer por la tarde —dijo con toda sencillez.

—Y le encontraste…

—Fatal. Él mismo me dijo que tiene la mente en blanco.

La señora Peyton volvió a sentir los latidos en la garganta, y un lento rubor ascendió a sus mejillas.

—¿Fue eso todo lo que dijo?

—Acerca de sí mismo, sí. ¿Es que hay algo más? —preguntó la chica al instante.


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