Santuario
Santuario —Ya veo —murmuró—. Asà que ése es precisamente el motivo por el que no habla.
—¿Qué motivo?
—Usted sabe cómo piensa. Y él es consciente de que usted lo sabe.
La señora Peyton estaba asombrada de su sutileza:
—Te aseguro —dijo levantándose— que no he hecho nada para influir en él.
La joven la miró reflexivamente:
—No —dijo con una débil sonrisa—. Nada excepto leer sus pensamientos.