Santuario

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—Sí, pero no es necesario que pongas esa cara de susto.

Kate emitió un profundo suspiro de alivio. Él estaba a salvo, al fin y al cabo. Y todo lo demás, por un instante, pareció moverse por debajo de los límites de su propio mundo.

—¿Tu madre? —dijo ella entonces, alarmada de nuevo.

—No se trata de mi madre. —Habían alcanzado la terraza, y él siguió caminando hacia el interior—. Entremos. Es horrible lo que deslumbra la luz aquí fuera.

Pareció sentirse mejor en la fresca oscuridad de la salita, donde, tras el resplandor de la tarde, sus rostros resultaban casi indistinguibles. Ella se sentó y él se alejó unos pasos. Se detuvo brevemente ante el escritorio para examinar los montoncitos cuidadosamente clasificados de las tarjetas de boda.

—¿Hay que enviarlas mañana?

—Sí.

Él se giró y se situó delante de ella:

—Se trata de esa mujer —dijo de pronto—. La mujer que decía ser la esposa de Arthur.

Kate comenzó a sentir la presión de un miedo desconocido.

—Pero, entonces, ¿era su esposa?


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