Santuario

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Kate escuchó su respuesta en silencio. Tenía la impresión de avanzar por un estrecho saliente de conciencia, sobre una escarpada y sobrecogedora profundidad que no se atrevía a mirar. Pero la profundidad la arrastró y ella la observó aterrorizada.

—Pero el niño… ¿El niño era de Arthur?

Peyton se encogió de hombros.

—Eso otra vez. ¿Cómo vamos a saberlo? No creo que esa mujer… ¡Cómo desearía que tu padre estuviera aquí para explicártelo!

Ella se levantó y fue hacia él para poner las manos en sus hombros en un gesto casi maternal.

—Dejemos de hablar de esto —dijo—. Hiciste todo lo posible. Piensa en el enorme consuelo que fuiste para el pobre Arthur.

Él dejó que sus manos reposaran allí donde ella las había dejado, sin moverse ni oponer resistencia alguna.

—Lo intenté. ¡Hice todo lo que pude para que se mantuviera en el buen camino!

—Todos lo sabemos… Todos. Y sabemos también lo muy agradecido que te estaba. Lograste que al final las cosas fueran muy distintas para él. Habría sido terrible que hubiera muerto allí solo.

Le llevó hasta un sofá y se sentó a su lado. Un profundo abatimiento se había apoderado de él, y dejaba que sus manos reposaran inertes entre las de ella.


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