Santuario

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Kate Orme se había embarcado en una de esas rápidas excursiones mentales que continuamente la sacaban de la recta trayectoria de lo real para transportarla hacia las inexploradas regiones de la conjetura. Su visión de la vida se había visto siempre marcada por su tendencia a buscar significados ulteriores, a prolongar sus investigaciones hasta los límites de su imaginativa experiencia. Pero hasta el momento había sido como una joven cautiva, educada en un palacio sin ventanas, que confundiera los dibujos de las paredes con el mundo real. Ahora el palacio se había visto sacudido desde los mismos cimientos y, a través de una hendidura en las paredes, podía observar la vida que se desarrollaba en el exterior. Durante los primeros instantes todo fue de una negrura indescifrable. Después comenzó a detectar formas vagas y gestos confusos en las profundidades. Había gente allí abajo, hombres como Denis, muchachas como ella (puesto que, más allá de las diferencias, sentía una extraña afinidad), todos luchando en la terrible espiral de la oscuridad moral, con las manos desesperadas extendiéndose en busca de la salvación. Su corazón se contrajo de horror y entonces, en un arrebato de compasión, regresó de nuevo al borde del abismo. Repentinamente volvió la mirada hacia Denis. Su semblante se mostraba serio, pero menos preocupado. ¡Los hombres sabían lo que eran estas cosas! Ellos llevaban este abismo en su seno y seguían viviendo con una sonrisa, sentándose a los pies de la inocencia. ¿Podría ser que Denis…? ¿Incluso Denis…? ¡No! Recordó lo que había sido él para el pobre Arthur. Comprendió, ahora, las vagas alusiones a lo que había intentado hacer por su hermano. Había visto a Arthur allí abajo, en esa retorcida oscuridad, y se había inclinado hacia él y había intentado sacarle. Pero Arthur estaba demasiado abajo, y sus brazos se habían enredado con otros brazos. ¡Se habían arrastrado los unos a los otros hacia una profundidad cada vez mayor, pobres almas, como gente ahogándose que lucha contra el oleaje! La costumbre de Kate por visualizar le otorgaba a la imagen que estuviera evocando una precisión y una persistencia odiosas. No podía librarse de esa visión de figuras angustiadas forcejeando juntas en la oscuridad. El horror se aferró a su garganta. Emitió un suspiro ahogado, y comenzó a sentir cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas.


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