Santuario

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Peyton se giró hacia ella. Los caballos subían una colina y había dejado de prestarles atención.

—Todo esto me ha venido muy bien —empezó a decir. Pero al mirarla su voz cambió—: ¡Kate! ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás llorando? ¡Por el amor de Dios! No… —dijo mientras la cogía por la muñeca.

Ella se calmó y elevó los ojos hacia Peyton.

—No he podido evitarlo —balbuceó con dificultad tras la repentina liberación de su contenida compasión—. Es tan espantoso que debamos estar tan cerca de un horror semejante. Que pudieras haber sido tú quien…

—¿Yo quien…? ¿En qué diablos estás pensando? —la interrumpió de modo estridente.

—¿No te das cuenta? Me sentía dichosa de que tú y yo nos hallásemos tan lejos de todo eso, por encima, a salvo, y entonces llegó la otra sensación, la del egoísmo, la de ir caminando por el otro lado. E intenté asumir que podríamos haber sido tú y yo quienes… Quienes permanecieran allí abajo, en la noche y la confusión.

Peyton dejó que la fusta cayera sobre los costados de los ponis.

—¡Dios Santo! —dijo riéndose—. Debes de tener una opinión muy buena de nosotros dos.


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