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Mientras le esperaba en la salita, se preguntó si su padre advertiría algún cambio en su aspecto. Estaba segura de que el azote de sus pensamientos debía de haber dejado rastros visibles. Pero el señor Orme no era un hombre dado a las apreciaciones sutiles, excepto en aquello que pudiera menoscabar su propio bienestar personal. Aunque su egoísmo estuviera dotado de los más selectos receptores, no imaginaba que los demás pudieran disponer de una capacidad similar. Su hija, como parte de sí mismo, entraba dentro de los límites de sus preocupaciones habituales, pero ella no era más que una región periférica, una provincia sometida. Y el señor Orme constituía un sistema de gobierno muy centralizado.

Había oído en el club las noticias sobre aquel doloroso incidente —con frecuencia hablaba igual que la señora Peyton—, lo que había alterado en cierto modo la digestión de un desayuno cuidadosamente encargado, pero desde entonces habían transcurrido dos días, y el señor Orme no tardaba cuarenta y ocho horas en superar las desgracias de los demás. Todo aquello era repugnante, por supuesto, y él deseaba fervientemente que no le hubiera sucedido a alguien que estaba a punto de entrar en su círculo más íntimo, pero se tomaba aquel asunto con el fastidio pasajero de un caballero que no ha podido evitar que le salpicase el barro arrojado por un fugitivo en su huida.


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