Santuario

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Kate Peyton estaba al tanto de que en esta ocasión aquel lugar iba a servir como escenario para un té, cuyo propósito era el de introducir a cierta joven en el ambiente de trabajo de su hijo. Últimamente, la señora Peyton había oído hablar mucho de Clemence Verney. Dick era comunicativo por naturaleza, y los estrechos vínculos que le unían a su madre (unos vínculos reforzados por la temprana muerte de su padre), a pesar de haber tropezado en sus días de escuela y de universidad con los obstáculos habituales, se habían restablecido más tarde gracias a cuatro años de complicidad en París, donde la señora Peyton, en un apartamento minúsculo de la Rue de Varennes, había hecho todo lo necesario para que él terminara sus estudios de Bellas Artes. Desde luego, no faltaron las críticas por parte de otras mujeres que acusaban a Kate Peyton de estar demasiado presente en la vida de su hijo; de no haber tratado de pasar inadvertida durante ese período en que, como todo el mundo sabe, lo mejor es dejar que los jóvenes hagan uso de su libertad para extraer sus propias conclusiones del mundo. Si se hubiera tomado la molestia de defenderse, la señora Peyton habría alegado que Dick, aunque comunicativo, no era muy influenciable, y que la misma destreza que le permitía zafarse de sus sarcasmos le protegía también de sus prejuicios. En efecto, no era lo que se dice un caballero pegado a las faldas de su madre, sino un joven resuelto y autosuficiente, cuya tierna amistad con su madre había servido tan sólo para cubrir con un velo de delicadeza las difíciles aristas de la juventud.


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